viernes, 31 de agosto de 2012

Joven muerta cayó víctima de la burocracia del Estado


La corta vida de Juliana Rosario Aguayo se comenzó a conocer públicamente desde una escena criminal en un hogar de tratamiento en que se alegó, sin prueba alguna, que había muerto de una sobredosis. Pero la historia verdadera trata de una menor del Embalse de San José que, por años, cayó víctima del laberinto burocrático del Estado, que padecía de problemas de conducta que no fueron atendidos adecuadamente y que, según sus familiares, con toda probabilidad murió de un shock diabético al no poder inyectarse insulina. En una humilde residencia del sector capitalino, los familiares de Juliana no podían contener su coraje ni su llanto, pero entre las lágrimas y los lamentos mostraron el expediente completo de la adolescente de 14 años que habla de una chica brillante, cuya vida se apagó demasiado rápido. Sus amigos la vieron por última vez jugando voleibol en su escuela, la Juan Ponce de León, en Río Piedras, el pasado martes por la tarde. El jueves, fue encontrada muerta en Casa Rosa I, en la avenida Fernández Juncos. Entre los documentos había citas médicas, números de querellas y evaluaciones. Juliana padeció de un trastorno de salud mental –agresividad impulsiva– y se había escapado de su hogar en el pasado, pero también luchaba para superarse. Incluso, en muchas áreas había mostrado una inteligencia sobresaliente, por lo que la adelantaron de grado: a sus 14 años, ya cursaba décimo grado en un esfuerzo para retar sus capacidades intelectuales. Sin embargo, el Departamento de Familia no proveyó un tratamiento adecuado por “falta de un incidente de negligencia o un caso de maltrato”. “Muchas veces le pedí ayuda al Departamento de la Familia. Pero la perdí, quién me la va a devolver, a mi bebé. No era ninguna usuaria, como la Policía se encargó de decir” , indicó Jessica Aguayo Álvarez, madre de Juliana. De una evaluación psicométrica que se le había administrado en marzo de 2011 se desprenden detalles reveladores de la adolescente. Una especialista concluyó que Juliana contestaba las preguntas con seguridad, que se mostraba alegre y que lucía positiva ante los retos. De hecho, la joven había expresado en la prueba que muchas de las preguntas le resultaban “fáciles”. Como a muchas otras jóvenes de su edad, le gustaban los deportes, la música y navegaba por Facebook. Pero a Juliana la acosaba la intranquilidad. Según indicó su abuela María Milagros Álvarez López, la adolescente rechazaba sus condiciones y, en ocasiones, se sentía marginaba por su diabetes. Con excepción de un trabajador social, que el jueves lloró el deceso de la menor, el Estado le pudo haber dado la espalda a Juliana.

“El Gobierno fue negligente en todos los aspectos, con excepción de un (trabajador) social. Fue el único que lloró por mi hija”, dijo Jessica, empleada de mantenimiento.

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